Decidí dejarme la inocencia en casa y guardar las poses para otro día. Por un día quise no pedirle nada al cielo, quise no ser para nadie más que para mí misma. Me apetecía disfrutar de mi; de mi orgullo, de mi tozudez, tal vez de cierto encanto que tengo y que saco a relucir veces contadas. Preferí no regalar más de lo que me apetece, pero no tenía ganas de hacer lo de siempre, porque lo de siempre había perdido el encanto. Podía seguir saliendo de casa con la venda en los ojos y actuar como si todo siguiese igual, como si todo fuese bien, pero la hipocresía nunca ha sido lo mío. Así que prefiero llevar mi vida como realmente me apetece, mis cagadas al hombro, la espalda cargada de problemas y con alguna que otra alegría ocasional. Ya basta de hacer caso a los reclamos de la gente que necesita mi presencia para que su mundo no se derrumbe, para que todo siga como antes, para que el equilibrio este ahí. El equilibrio es demasiado complicado y yo estoy cansada de buscarle los tres píes al gato.

Laura Lozano

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