joder, qué bien…

Recuerdo que era un auténtico terremoto, un torbellino que te sacudía de pies a cabeza: no solo te deshacía la cama, sino que te desordenaba la vida entera. Te desmontaba las dudas. Era impredecible, no sabías qué te podía pasar. Y digo te porque era ella la que te pasaba: pasaba de no hacerte ni un café por la mañana a comerte a besos antes de irse. Eso si, podían pasar días sin volver a verla: era capaz de desaparecer, de borrarse totalmente. Pero volvía, siempre volvía. Ella y su sonrisa con sabor a nunca me iré. Esa sonrisa que olía a ”todo saldrá bien. No podía estarse quieta, no conseguí hacerle una foto en la que no saliera movida. Tenía la costumbre de enseñarme los sitios que descubría, de esta forma yo sabía donde acudir si quería encontrarla. Cuando nos enfadábamos, me gritaba, y se gritaba a sí misma por ser tan imbécil, o eso me decía a mi. Hubo una vez que se quedó sin voz y de repente empequeñeció. El hecho de no tener su voz le hacía perder su carácter y aquella vez solo pude abrazarla, por muchas ganas que pusiera en apartarme, al final se rindió. Y cada vez que se rendía, yo me enamoraba. Hasta que llegó el día en el que se marchó y yo todavía sigo esperando a que vuelva.

No tardes…

Laura Lozano

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