la calle del olvido

Para qué te voy a mentir, cuando te marchaste la sombra de tu recuerdo andaba detrás de mi todo el día. Recordaba aquella tarde en tu casa, aquella película que nunca terminamos, aquellas sábanas que teníamos la costumbre de deshacer, ya sabes, tonterías. Podía olerte y hasta saborearte. Pasaron los días y no te marchabas, llegó el invierno y el frío de tu ausencia todavía era capaz de encenderme entera. Con el paso de las semanas empecé a dar los primeros pasos que me permitirían salir de aquel callejón y dejarte tirado. Y allí te quedaste, eso es cierto, inmóvil, viendo como me marchaba pero sin mover ni un pelo, siempre con esa pasividad tan característica en ti, convirtiéndote una vez más en el espectador de tu vida más que en el protagonista, dejándome marchar sin ni siquiera impedírmelo. Las ocasiones en las que quise dar la vuelta, muchas, las veces que dude, incontables. Entonces empezaron a pasar los meses y cada vez estabas más lejos, aunque yo me empeñaba en poder verte. Cada vez eras más y más pequeño en aquel horizonte. Hasta que llegó un momento en el que desapareciste, ni achinando la vista podía verte. Y fue ahí cuando comprendí que te había borrado, que ya no estabas. Mi pecho se quejó por su última vez y como pude me cosí el corazón esperando a quien dejase de rompérmelo.

El tiempo siempre pasa y si te descuidas, te lleva…

Laura Lozano

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